Numancia, ciudad celtíbera

Yacimiento arqueológico en Garray
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Fotografías de Numancia, ciudad celtíbera

Tipo de lugar de interés: Yacimiento arqueológico

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Lugar de interés publicado: 01/06/2021

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Descripción

Numancia es hoy un yacimiento arqueológico situado en el cerro de La Muela, en Garray, Soria. Las excavaciones descubrieron no solo restos de una ciudad celtibérica, sino que, encima de esta, había otra construcción, esta vez romana, acomodada a la anterior. Además, se han encontrado objetos que datan de hace 4.000-3.600 años, como láminas retocadas o cuchillos, hachas, azuelas y cinceles. También puntas de jabalina y hojas de puñal.

Pero, a Numancia no solo se la conoce por el yacimiento. Este pueblo se convirtió en un símbolo de resistencia, que luchó sin descanso por su libertad. De hecho, ha sido nombrado muchísimas veces por los historiadores romanos de la época, puesto que su gesta heroica no ha dejado indiferente a nadie. Tanto es así, que su historia es conocida universalmente.

Los historiadores llamaron a esta guerra Bellum Numantinum, por la superioridad de la ciudad ante sus atacantes. Y es que, aunque los numantinos eran muchísimos menos en número, una suerte de acontecimientos y estrategias bien estudiadas y ejecutadas, la han catapultado a la fama durante siglos, siendo nombrada en multitud de ocasiones por escritores romanos. Además, frenará la expansión y conquista de Roma por la Península Ibérica durante una década.

Podríamos comparar Numancia con la aldea gala de los famosos cómics de Astérix y Obélix, que por más empeño que pusieran los romanos, no acababan nunca con ella y sus habitantes.

Todo comienza en el 153 a.C., cuando la ciudad de Segeda, que se encontraba en pleno proceso de remodelación del territorio, amplía su recinto y levanta una muralla de 8 kilómetros de perímetro. Esto provocó la ira de Roma, que lo interpretó como una violación del tratado firmado por las ciudades celtíberas del Valle del Ebro, y envió un ejército contra Segeda, que aún no había terminado su fortificación y provocó que sus habitantes huyeran, siendo acogidos por los numantinos. Así fue como, injustamente, Numancia acabó pagando los platos rotos de una guerra que no le correspondía. Se trataría, pues, de la primera fase de las guerras celtibéricas.

La primera batalla que se libraría tenía al Cónsul Fulvio Nobilior como jefe de los romanos y Caro sería elegido por numantinos y segedenses para liderar el bando celtíbero. Estos últimos atacan por sorpresa, matando a 6.000 romanos y otorgándoles la victoria. La derrota fue para los romanos un duro golpe, puesto que tuvo lugar el 23 de agosto, día en honor a Vulcano, que desde entonces fue declarado nefasto y nunca más, ningún general romano libraría batalla en esa fecha.

Un mes más tarde, los romanos reciben importantes refuerzos provenientes de África: trescientos jinetes y un gran factor sorpresa… o diez. Porque diez fueron los elefantes que mandaron para echar una mano y derrotar al pueblo invencible. Pero, una vez más, la suerte no les quiso acompañar. Sus propios caballos huyeron asustados ante el tamaño de las bestias y, una vez avanzaron hasta las puertas de la ciudad, uno de los elefantes fue herido en la cabeza, lo que provocó que este comenzara a correr y bramar asustado, llevándose por delante a todo aquel que se cruzara en su camino. Los demás elefantes imitaron su comportamiento e hicieron huir, finalmente, a los romanos, que también fueron perseguidos por los numantinos que contemplaban el espectáculo sin dar crédito.

La segunda fase comenzaría unos años después, en el 143 a.C. y su epicentro volverá a ser Numancia, puesto que la situación socio-económica seguía siendo insostenible y los celtíberos se levantan contra Roma.

Entre los años 141 y 140 a.C., Q. Pompeyo atacó Numancia de nuevo, con 30.000 soldados y 2.000 jinetes, pero fue derrotado. Insistió una vez más, intentado cercar la ciudad abriendo una zanja que desviara el Duero y cerrando el paso por la parte oriental, pero Numancia no se venía abajo y seguía atacando incansable, impidiendo así los trabajos de bloqueo del bando enemigo.

Nueva derrota romana y negociación de paz.

Tras un pequeño paréntesis en el que se estudió la probabilidad de firmar la paz pactada con los numantinos, Pompeyo rompe su acuerdo, apoyado por el senado romano.

El general C. Hostilio Mancino intentó en varias ocasiones derrotar a los numantinos, sin éxito ninguno. Entonces se retira con sus 20.000 hombres, siendo sorprendidos en plena noche cuando se creían a salvo. Se ve obligado a rendirse y negocia la paz. Los habitantes de Numancia aceptan la negociación y les dejan ir. Cuando llegan a Roma, el Senado no acepta la capitulación y ordena que envíen de vuelta al general derrotado a Numancia, dejando claro que el acuerdo de paz no es válido. Su sucesor, F. Furio Filo, lo dejó a las puertas de la ciudad, ataviado con una simple túnica y las manos atadas.

A pesar de los esfuerzos de Furio Filo, Calpurnio Pisón o M. Emilio Lépido, las derrotas se sucedían una y otra vez. Hasta que, cansados de los problemas ocasionados por Numancia, el Senado romano nombra cónsul a Publio Cornelio Escipión Emiliano. Lo primero que este hace, es poner a punto a sus tropas, entrenando a los 20.000 hombres que aún resisten. Solo 4.000 pueden librar la batalla, pero gracias a una ayuda económica, puede reclutar alrededor de 60.000 mercenarios. La estrategia fue levantar siete campamentos alrededor de Numancia, unirlos con un muro y controlar la salidas y entradas por el Duero. De esta forma, se acorraló a los numantinos, dejándolos aislados y con una importante escasez de víveres. Resistieron 11 meses, tras los cuales, Numancia fue finalmente arrasada, en el verano del 133 a.C.

Diversas fuentes aseguran que, durante los diez años que duró esta guerra, las bajas romanas alcanzan entre las 60.000 y 80.000 vidas. Teniendo en cuenta que los numantinos podrían contar con unos 8.000 efectivos, como mucho, al principio de la guerra y 4.000 al final, está claro que, como el propio Cicerón definió, los numantinos eran el “terror de la República”.

 

Es tan épica esta gesta, que había que honrarla de alguna manera. Por eso, en 1842, en una base de piedra se colocan cuatro placas, que quedan sin escribir. En 1882, Numancia es declarada Monumento Nacional y, el Batallón de San Marcial deja la siguiente inscripción en un pequeño pedestal: “A los héroes de Numancia, el 2º Batallón del Regimiento de San Marcial, 26 de junio de 1886”. Pero, si hay algo que realmente destaca y representa a estos héroes, es un obelisco situado sobre un pedestal y, sobre los cuatro lados de este, cuatro placas: en la primera se lee el nombre de la ciudad, Numancia; en la segunda, los nombres de los jefes numantinos (Ambon, Leucon, Litennon, Megara y Retógenes); en la tercera, reza el nombre del Rey Alfonso XIII, que inauguró el monumento; y, la cuarta placa, que indica que “se construyó este monumento a expensas del Excmo. Sr. Don Ramón Benito Aceña, Senador del Reino y exdiputado a Cortes de Soria, año 1904”.

Claramente, es un lugar precioso para visitar, sobre todo por la historia que esconden sus restos. Después de leer este resumen y recorriendo el yacimiento, tendréis un poco más claro cómo estaba conformada la ciudad, su gran muralla, los baños públicos, el desagüe, un aljibe, las calles dispuestas estratégicamente para proteger a los ciudadanos del frío, las casas romanas y celtibéricas… incluso los restos de los campamentos creados para cercar y asediar la ciudad que acabó con 20 años de guerra.

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